martes, 27 de septiembre de 2011

[...] Y el tren de pasajeros pasa a su lado como una flecha, brum, brum, los indios apenas lo miran desaparecer en la lejanía como puntitos", y sentado en el cuartito de la lámpara roja en San Francisco, ahora con la tierna Mardou pienso: "y ése era su padre, el que yo vi en la gran soledad gris, el que se perdió en la noche; de sus juegos provienen tus labios, tus ojos llenos de sufrimiento y de aflicción, y no sabremos nunca su nombre ni su destino". Su manecita morena se acurruca en la mía, sus uñas son más pálidas que la piel, lo mismo en los pies, descalza, tiene un pie recogido entre mis mulsos para calentárselo; charlamos, iniciamos nuestra relación en el plano más profundo del amor y de los relatos de respeto y vergüenza. Porque la clave más importante del coraje es la vergüenza, y las caras imprecisas del tren que pasa no ven en la llanura si no las siluetas de los vagabundos que se alejan y desaparecen... [...]


Jack Kerouac - "Los subterráneos".

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